Ese momento

Eran, más o menos, las tres de la mañana cuando abrí mis ojos y vi su rostro. Dormía de una manera tan angelical que jamás hubiese imaginado posible. Recuerdo que lo observé por unos minutos. Minutos que fueron eternos.

Aquel ser que con ojos cerrados (y algún que otro ronquido cada tanto) era observado por mí, me estaba dando lo que yo tanto necesitaba.

Y seguramente la incertidumbre, los miedos y temores volverán a molestarme algún día. Posiblemente de vez en cuando mis mejillas recuerden el sabor dulzón de las lágrimas que en algún tiempo derramé sin consuelo.

Pero ahí acostado, frente a semejante ser humano, nada me preocupaba; éramos nosotros y el sonido de la noche que se mezclaba con nuestras respiraciones. Nada más.

Me di media vuelta y boca arriba, con los ojos abiertos en medio de la oscuridad, las sábanas enredadas a mis pies y unas enormes ganas de tomar té, cerré los ojos y respiré tan profundo como pude.

Fue ahí cuando me di cuenta de que había logrado llegar a ese momento… Ese sutil momento en el que te das cuenta de que estás enamorado. Y esta vez, por fin, de verdad.

A.R

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Fluir

Los copos de nieve le rozaban las mejillas con una suavidad estupenda. Cerró los ojos y alzó la cabeza.

Sintió que no quería pasar los días, sumar 24 horas y nada más, como si el tiempo fuese sólo un medio para atravesar.

Quería vivir cada momento como algo único y maravilloso. De encontrarle el sabor a cada instante. De valorar a quienes tenía cerca, disfrutarlos. De agradecer y reconocer todo aquello que poseía, todo aquello que era. De ser auténtico y arriesgarse siempre.

Con las mejillas coloradas por el frío intenso que su cuerpo estaba padeciendo, abrió los ojos y miró el cielo inundado de nubes densas. Respiró y casi sin notarlo produjo la sonrisa más espontánea de toda su vida. Y vivió el presente.

A.R.